
Mis memorias de chiquita no siempre son buenas. Recuerdo cuando por las noches despertaba asustada de que a la mañana siguiente ya no te tuviera más conmigo, cuando siempre por una u otra cosa el suelo lograba hacerme caer, y tú estabas con una curita esperándome; cuando enfermaba y tú tenías los cuidados indicados para mí.
Pero esos días ya no son más. Porque ya no tengo miedo de estar sin ti, hoy soy más grande que ayer; el suelo sigue teniendo maneras de encontrarme, pero tengo a alguien más que tiene curitas para mí, al igual que cuando enferma mi cuerpo.
Lo triste, es que tú hiciste que ya no quisiera necesitarte más. Había un lado tuyo que yo no conocía, y que en el momento que más necesite de ti, hiciste que apareciera. Ese monstruo dentro tuyo que se mantuvo en silencio, esperando a que el paso de los años hicieran de mi lo que soy hoy.
Cierto es, que me siento más muerta que nunca. Hay muchas cosas de mí que no sabes, tu ceguera te hizo perderte parte de mi vida, parte de mis tristezas; ya nunca más viste detrás de mis fingidas sonrisas, ni de mis húmedos ojos; ya nunca más me escuchaste.
Para comenzar, perdí amigas; bueno perdí personas, porque comprendí que jamás tuvieron ese título. Detesto la casa que habitamos, ni siquiera me gusta su color, y lo sabrías si alguna vez hubieras preguntado si me gustaba. Hubo muchísima gente que me hizo daño, y tú no estuviste ahí para protegerme del despiadado mundo. Jamás tuve tantas ansias de ganar un premio para salir de tu vida. Y lo peor es que si hoy te preguntara por mi color favorito, no sabrías ni que responder.
Mamá, me creíste cuando nadie lo hizo, dejaste los pies en la calle por hacer que aquel pagara. Pero delegaste responsabilidades. No supiste contener mi rabia, mi pena, mi odio con el mundo. Creíste que alguien con un título era mejor para dar consejos. Y estoy segura de que ella tenía más problemas de los que tenía que escuchar a diario.
Ni tu rabia, ni tu pena, ni tu odio son excusas para abandonar tu rol.
Contribuiste a que tenga un odio indefinible hacia ti, que lamentablemente siempre existirá aquí dentro.
Mejor que nadie, sabes que no soy una persona que odie. Pero tú me enseñaste lo que es el odio. Porque el primero que sentí, fue hacia ti.
No te culpo, quizás repetiste un círculo vicioso. Cuando sea madre, espero no cometer tus errores. Me hundiría en pena si supiera que mi hija me odia de tal manera.
Le pido a quien esté en el más allá que por favor mande a las personas con un manual en la cabeza, para que así ni padres ni hijos suframos.
Deseo tengas el perdón, al igual que el que necesitaré yo; cuando sea Madre.