sábado, 24 de diciembre de 2011

Carta a mi pequeña.

Mi pequeña ya no es pequeña. Se volvió grande y fría. Tampoco es más mía.
A mi pequeña le gustaban los colores, los cuentos de hadas y las canciones de cuna. Ya no canté más una nana para ella.
Tanto la busqué para poder tenerla. Y llegó, en el momento menos indicado. Y así mismo siguió su ritmo. Espontánea y libre, nunca pidió permiso para entrar y casi sin importarle, se despojaba de sus ropas, cual liberal en una playa a solas.
Aunque siempre caía, le gustaba correr; correr hasta quedar sin aire. Y llegaba a mí cuando sangraban sus rodillas, siempre bastándole un "sana sana potito de rana" para dejar de llorar y seguir al aire.
Alocada como ella sola, mi pequeña me mostró la cara amable de ser Madre tan joven. Pero con el paso de los años no fue lo mismo.
A los 13 me confesó verdades terribles, que siempre sospeché pero que nunca tuve el valor para sacarlas a la luz. Y desde ese momento jamás volvió a confiar en mí. Nunca supe si alguna vez su corazón se había roto, si se había decepcionado de personas o si tan sólo necesitaba hablar. Mi pequeña ya nunca más sonrió desde el corazón. Nunca más vi el brillo en sus ojos cuando leía un libro emocionante, nunca más recurrió a mi cuando necesitaba una curita, nunca más supe nada.
Cuando tenía 16 cometí uno de mis más grandes errores con ella. Sobrepasé el límite de lo respetable y de lo privado. Me inmiscuí en su vida y no le permití crecer.
Orgullo. Eso es lo que me impide decirle todo esto ahora. Porque aunque le confiese que lo siento y que me arrepiento, mi pequeña nunca más será la misma.

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